Espirítu de servicio y sacrificio

Para el Servidor de la Palabra la misión consiste en evangelizar, obedeciendo al llamado de Dios y teniendo en programa una vida de servicio y de sacrificio. Vivir como servidores, con verdadero espíritu comunitario, es nuestro compromiso frente al mandato de nuestro Señor Jesucristo.

El espíritu misionero es el espíritu de Cristo, Misionero del Padre, que por obediencia a Él y por amor a los hombres asumió una vida de sacrificio. Al venir al mundo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad se revistió de pobreza para acercarse a nosotros, los pobres, y levantarnos de la miseria a costa del sacrificio de su vida. Su privilegio fue servir a los demás, sin importarle las humillaciones y fatigas. Es por eso que la pobreza y el espíritu de sacrificio son virtudes indispensables para llevar con eficacia la Palabra de Dios a los hermanos.

La pobreza, vivida como dependencia absoluta de Dios, y como disponibilidad para el servicio del hombre, es la primera cualidad que Dios exige a los que llama para continuar su obra. En la línea del apostolado, la vivencia de la pobreza es un elemento importantísimo para enriquecer a los hombres en la experiencia de Dios.

San Pablo nos presenta el retrato del misionero, generoso y sacrificado, que sigue estas pautas en su vida: «Que todos nos consideren como servidores de Cristo y encargados suyos para administrar las obras misteriosas de Dios» (1Co 4, 1.9.11-13). Quien aprende a valorar el sacrificio como medio de purificación puede dar un testimonio auténticamente evangélico. Este es el espíritu misionero que deben tener los elegidos a llevar el evangelio.